GARCÍA, José Ignacio

Jose Ignacio GarciaJosé Ignacio García nació en San Sebastián, en 1965, pero desde bien pequeño residió en Valladolid, hasta 1996, que trasladó su domicilio a León, y fue allí donde empezó a escribir. Desde 2003 vive y escribe en la villa vallisoletana de Portillo.

Conversador infatigable, ha sido fundador, coordinador o ha formado parte de diversos concursos y jurados literarios; ha dictado conferencias; ha prologado y presentado libros ajenos; ha sido pregonero de las fiestas patronales de diversas localidades; ha actuado como mantenedor en algunas justas poéticas y ha participado en numerosos ciclos culturales en la comunidad castellana y leonesa.

Como gran amante de la comunicación, del arte y de la gastronomía que es, colabora en prensa hablada y escrita, y ha confeccionado catálogos para pintores y eventos culinarios.

Sus relatos, que superan el centenar de títulos, pueden encontrarse en distintas antologías colectivas, en revistas literarias o en sus propios libros.

En 2009 creó el proyecto cultural “Contamos la Navidad”, con el afán de promover el amor a la lectura como regalo. Desde entonces, más de 40.000 lectores han disfrutado durante el periodo navideño, en forma de libro de bolsillo, de los textos y las ilustraciones de un centenar de prestigiosos escritores e ilustradores, la mayor parte de ellos nacidos o asentados en Castilla y León.

– NARRATIVA BREVE

Me cuesta tanto decir te quiero (1998)

Vidas insatisfechas (2000)

Entre el porvenir y la nada (2008)

La sonrisa del náufrago (2011)

– NOVELA

Mi vida, a tu nombre (2006)

1997: Concurso Nacional de Cuentos “José González Torices”.

1999: Premio Internacional de Relatos “Café Compás”.

Concurso Internacional de Cuentos “Guardo”.

2004: “Memorial Luis Pastrana” de relatos semanasanteros de la ciudad de León.

Premio “Manuel Valdés” de relatos taurinos.

2007: XIII Premio “Mazzantini” de relatos taurinos.

2008: Certamen Nacional de “Relatos Breves de Navidad de Navalmoral de la Mata”.

2009: Premio “Miguel Delibes de Narrativa” al libro de relatos Entre el porvenir y la nada.

XV Premio “Mazzantini” de relatos taurinos.

2012: “XXXII Justas Poéticas Castellanas” de Laguna de Duero en la modalidad de cuento corto, con el relato “El secreto de su nombre”.

En 1997 yo residía intersemanalmente en León, donde llevaba melenas y una vida de crápula. Una noche de cena copiosa, bebida abundante, partida de mus y confidencias irreproducibles, que se prolongaron hasta la madrugada, alguien me retó con voz aguardentosa a que escribiera un cuento. Lo hice, lo presenté a un concurso nacional de relatos, y lo gané. Probablemente, si no se hubiera encadenado aquella sucesión de carambolas, no habría vuelto a escribir ni una sola línea. Pero, ingenuo de mí, yo pensé entonces que aquel premio, y algunas reseñas anecdóticas en la prensa regional, iban a servir para que se me abrieran de par en par las puertas de las grandes editoriales. Aquella alucinación tardó en disiparse lo que tardé en comprender que mi trayectoria literaria no había hecho más que comenzar, y que la mayoría de los concursos literarios son como los oasis de los desiertos, que aparecen de vez en cuando, para calmar momentáneamente la sed de gloria del artista. Paradójicamente, en aquella época, en la que era una especie de francotirador que no paraba de escribir y de presentarme a premios, no me sentía en absoluto escritor. Y, sin embargo, en la actualidad, que atrapado por los tentáculos de la crisis soy un hombre atribulado, que tiene más letras pendientes de pago que escritas, me levanto cada mañana convencido de que la literatura le es tan imprescindible a mi vida como el agua que bebo. Lo he dejado dicho en alguna entrevista, y se puede encontrar en las hemerotecas, que escribir es una terapia para creer en mí, una especie de tratamiento que me ayuda a recuperarme de mis errores y quebrantos. También he dejado publicado en algún sitio que tenía yo catorce o quince años cuando me matriculé en bachillerato, y conocí la obra de un señor de Valladolid, llamado Miguel Delibes, que era capaz de convertir en héroes literarios a personajes humildes, de ambientes rurales, como los que yo frecuentaba cuando pasaba mis vacaciones veraniegas en el pueblo de mis ancestros. Seguramente, aquel camino que se abría ante mis pies, ha marcado luego mi obra y mi forma de escribir, que cree más en los sentimientos que en las formas, en la humanidad que en la estética ornamental, en lo cercano que en los universos fantásticos. Pero ahí radica la magia, en convertir en hermoso lo sencillo, en contar tu vida o la vida que te rodea desde la imaginación, y observar complacido que los demás no han reparado en que te has limitado, únicamente, a embadurnar lo cotidiano con una costra que, de vez en cuando, logra encandilar el corazón de alguien (a quien probablemente no conocerás jamás). Y con eso te vale, y te sientes recompensado y feliz, porque sabes (o intuyes) que lo que escribes tiene sentido y está vivo y circula por ahí. Aunque te desazona pensar que has creado una criatura que se te ha escapado de las manos, sin que sepas nunca hasta dónde podrá llegar.
—Pero aquel al que había oído hablar de la infidelidad estaba equivocado —prosiguió—. Lo malo de esa hipotética infidelidad o de un delito cualquiera no es que se descubran. Qué va. Lo peor es que le acusen a uno de ellos sin haberlos cometido. Porque todo cambió cuando la conocí a ella, a la otra Soledad, a la Soledad de antaño; a aquella mujer de bandera que surgió ante mis ojos una noche, envuelta por los vapores del tabaco y la ginebra, en un lóbrego garito subterráneo cercano a la plaza universitaria, donde solían tocar bandas de jazz poco conocidas, que congregaban a una sórdida fauna de ociosos infectados de insomnios y de melancolías, entre los que ella destacaba con la magnificencia casi ingrávida de una diva cinematográfica, acariciada por la luz morosa y entreverada de los focos y los llorosos acordes de las trompetas y de los saxos. No negaré que, a partir de entonces, la seductora tentación del adulterio me nubló el entendimiento en multitud de ocasiones, que continuamente sentía unos deseos apenas contenibles de estrujar a Soledad entre mis brazos, que soñaba a cada momento con la idea obsesiva de hacerla mía. Pero, cuando llegaba el momento culminante, me faltaba el valor necesario para declararme y convertir mis sueños en una realidad tan tangible como su voluptuoso busto, que de tan bello y proporcionado como era, parecía esculpido en alabastro. Era como si la barrera infranqueable de una amistad puesta en peligro me frenara siempre que intentaba confesarle que mi vida sin ella carecía de alicientes. Fui un cobarde, lo reconozco. Ni siquiera una vez le insinué la naturaleza del amor que me inspiraba. Aunque seguramente no fuera preciso, porque acaso ella lo barruntase desde nuestro primer encuentro, y refrendara luego sus sospechas en cada una de esas citas que mi suegro subvencionaba; cuando aprovechábamos las reiteradas indisposiciones que Alicia había empezado a sufrir tras el parto para salir a cenar y a tomar unas copas. Era entonces cuando Soledad se ocupaba de poner en práctica su entretenimiento favorito, aquel despiadado juego de aproximaciones insinuantes y de distanciamientos descorazonadores con el que tanto parecía disfrutar y que a mí tanto me atormentaba. En cada uno de aquellos escabrosos momentos en que dejaba sus manos al alcance de las mías, sólo podía apelar a mi débil compromiso marital para reprimirme, pero en lo más íntimo sabía que no me contenía por un formalismo sacramental, sino porque me invadía un pánico incontrolable a que me rechazase y me pusiera en evidencia; un temor idéntico al que me corroía las entrañas cuando le presentaba uno de mis escritos a un editor reticente o concurría a uno de esos certámenes de relato breve en los que, en lugar de valorar nuevas tendencias narrativas más arriesgadas, los jurados solían decantarse por cuentos que reproducían una realidad truculenta y modorra, como sacada de una fotocopiadora. Al final tuvo que ser mi suegro, el empresario que no se detenía ante nada ni nadie, el que destruyera algo que empezaba a ser tan absurdo como un postre sin azúcar. Genaro me mandó llamar una tarde a su despacho para decirme, escuetamente y sin preámbulos, que sabía que engañaba a su hija, y que estaba harto de sufragar mis escapadas nocturnas, y de que me dedicara a pasear por los restaurantes más respetables a una furcia que se pasaba la vida de cama en cama, y que, con sus mordaces comentarios, estaba convirtiendo a su honorable familia en el hazmerreír de toda la ciudad. Sin concederme derecho a réplica quiso saber cuánto le iba a costar mi desaparición de su entorno y del de Alicia. Pero yo no estaba para negociaciones ni protestas. En mi cabeza únicamente resonaban los ecos de su denuncia, el lacerante martirio que me producía la sola idea de pensar que su acusación fuese cierta, y aceptar que Soledad se acostaba con una legión de hombres impúdicos que disfrutaban sin miramientos de su impresionante cuerpazo, mientras que yo no había sido más que un monigote detallista que durante meses había financiado sus refinados caprichos, aireándola con un respeto platónico que, al parecer, como mi amor hacia ella, no era correspondido.

De MI VIDA, A TU NOMBRE, novela

Ed. Los libros de Camparredonda, 2006

Pag. 114 a 116

Enrojó con unos tarugos la anémica lumbre que había encendido en el centro de la nave, y conforme las llamas iban surgiendo, y buscaban una salida entre los leños abrasados, una claridad cada vez más intensa se fue adueñando de los rincones otrora gobernados por la penumbra. Cuando se acostumbró a esa luz no usada hasta entonces, José empezó a tener constancia de la realidad de las cosas y de los objetos que le rodeaban. Y sintió que le invadía incluso una cierta perplejidad al descubrir con la luz naciente tantos artilugios que nunca hubiera imaginado que pudieran congregarse en ese lugar. Esa luz era una especie de cultura visual que le mostraba un mundo que hasta unos minutos antes había estado regido por el desconocimiento o la ignorancia. José se percató de que encadenado a una argolla yacía un burro, tan cargado de años como de greñas, que no se había movido en toda la noche, como si fuera una figurita colocada en un portal; descubrió también aperos de labranza, y tinajas repletas de sal, y yugos para uncir a los cabestros, y apoyadas contra una pared descansaban varias bicicletas oxidadas y sin ruedas, de distintos tamaños y a las que habían amputado algunos miembros, ya fueran sillines u horquillas o manillares; y en la viga central, colgados de un clavo enorme y morroñoso, se apiñaban algunos trucos, cencerros y changarros, traspasados por sus badajos, y enclaustrados en una cesta que varias arañas hilanderas habían tejido. En una de las esquinas destacaba también una cuna que coronaba una pila de leña, y que resultaba prácticamente inservible por el desuso. El cabecero estaba pintado de color azul celeste, y tenía pegada una calcamonía con el dibujo de un caballito de esos que se balancean con el impulso alocado de su jinete. La cuna, que parecía condenada a convertirse en carne de hoguera, estaba tan recubierta por una tupida pátina de polvo como los demás objetos almacenados, y al ver sus barrotes niquelados, en cierta manera a José le recordó a esos jaulones que sirven para recluir aves cantarinas y de fastuosos plumajes.

De EL MILAGRO DEL BUEY MAGO, relato

(Incluido en el libro LA SONRISA DEL NÁUFRAGO)

Ed. Castilla Ediciones, 2011, pp. 14 y 15